TRAS LAS HUELLAS DE CRISTO
”...Yo soy el camino y la verdad y la vida.”
¡Cómo me gusta el evangelio! Aunque estemos en Pascua y estemos escuchando la despedida del Señor en la última cena con sus discípulos. ¡Cómo me ayuda!
Y me ayuda porque hoy dos discípulos quedan “como Cagancho en Almagro”. No se enteran los pobres. Y mira que llevaban años con el Maestro, que habían visto obras maravillosas, que habían escuchado tantas confidencias, tantas predicaciones, pero aun así ni Tomás ni Felipe han entendido nada. Y así nos pasa a nosotros, que no entendemos muchas veces la voluntad del Señor, no entendemos su palabra, pero no pasa nada. El Señor actúa igualmente, porque no se trata de entender.
Cristo es el camino, y no hay otro. No es un camino más. No es uno de tantos. Sin Cristo el cielo está cerrado y ya no hay esperanza. Porque seguir las huellas de Cristo es caminar hasta la cruz, hasta el amor hasta el extremo, hasta dar la vida por el otro. Cargar con la injusticia que te ha hecho hoy tu jefe, con el odio de tu hermano, con el desaire de tu marido o con la bronca de tu mujer. Cargar con el pecado del otro. Es lo que ha hecho Cristo por ti “dejándote un ejemplo para que sigas sus huellas”.
Cristo es la verdad. ¿Recuerdas a Pilato? Y ¿qué es la verdad? La verdad es que Cristo te quiere, que ha dado la vida por ti que eres como eres y que de santo tienes poco. La verdad es que tú vales hasta la última gota de la sangre de Jesús derramada en el madero del Gólgota.
Y Cristo es la vida. La vida que te llena de alegría. La vida que no puede robarte nadie, porque si tienes a Cristo dentro, si tienes la vida dentro, tú también puedes amar como Él te ha amado.
Hoy, primer domingo de mayo, el día de la madre. Un día precioso donde estamos llamados a valorar la vida de quien nos llevó en su vientre, nos dio a luz y nos cuidó y acompañó en la vida. Madre la de tu casa, que lejos de exigir te dio la vida y te regala todo. Y madre la del cielo, la que puso la vida de su hijo en nuestras manos para que bajo el leño glorioso de la Cruz la recibiéramos a ella en nuestra casa como madre de Dios y madre nuestra, que nos cuida y protege desde el cielo. No tengas miedo. Vive, pero vive tras las huellas de Cristo.
Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola