¿QUIÉN DIJO MIEDO?

”No tengáis miedo...”

Tres veces aparece en el evangelio de hoy el “No tengáis miedo”. Y miles de veces lo han gritado a los cuatro vientos los últimos papas. Casi fue el lema de Juan Pablo II. Y es que el miedo es antagonista de la verdad. Es, de hecho, la espina dorsal de todo aquello que hacemos mal en nuestra vida. Nos impide ser con nuestras palabras y con nuestras obras “hijos de Dios”.

Ni miedo a nuestra debilidad, ni a nuestra soledad, ni a nuestra pobreza… que hasta los cabellos de tu cabeza están contados. Así te quiere Dios. Ni miedo a lo que no conocemos, a lo que nos asusta, a lo que está por venir. Que nada hay encubierto que no vaya a descubrirse. Ni miedo a la misma muerte. Que Dios es siempre más fuerte. “No pueden matar el alma”. No tengáis miedo. La fe siempre vence al miedo. Dios te precede y te acompaña. Y no tengas miedo a sufrir un poquito, que la cruz es la puerta de la salvación.

Pero hay un miedo santo que hermosea nuestra vida. El santo temor de Dios. Uno de los dones del Espíritu Santo. O lo que es lo mismo, temor a lo que puede matar el alma.

Vivimos un tiempo en el que el miedo a que nuestro cuerpo se estropee nos ha convertido en hedonistas posesivos que nos hace esclavos de la propia belleza, de la propia salud, de la propia comodidad, que nos ha reducido a un ejército de infantiles que deben ocuparse constantemente de sí mismos. Y, lo peor de todo, este miedo nos hace permanecer solos, encerrados en nosotros mismos. Con las puertas cerradas por miedo, estaban los primeros apóstoles, testigos como eran de primera mano de tantos milagros del Señor. Testigos hasta de su propia resurrección.

Hemos sido creados para el amor, decía san Agustín. Por eso necesitamos del otro. Por eso la fe hemos de vivirla en comunidad, porque hemos sido llamados a vivir en el amor.

Santo temor de Dios. Santo temor a no vivir en el amor, a no vivir según el cielo, según el paraíso. Santo temor a no caminar hacia la plenitud en el amor que es el cielo.

No malgastes tu vida buscándote a ti mismo, lo digo en todos los funerales, busca la plenitud y vive amando. Lo demás es perder el tiempo.

Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola