MISTERIO DE DIOS
”Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único.”
Celebramos este domingo la fiesta de la Santísima Trinidad. Algunos entenderán este día como una exaltación de la teología y tratarán de explicar lo inexplicable adentrándose en categorías filosóficas que nos ayuden a razonar este misterio. La mayoría se sentirán apabullados y aburridos y pensarán que esta es una fiesta para los sabios y entendidos, y se les habrá escapado el domingo.
En la última parte del siglo pasado una generación entera ha abandonado la Iglesia. Me da la impresión de que se ha presentado durante mucho tiempo un Dios tremendamente moralista y represor que ha llevado a muchos cristianos a un proceso de descristianización. No vale la pena estar bajo la mano de un Dios así, han pensado muchos. El Dios que siempre nos deja libres, paterno, generoso, lleno de misericordia,... estaba escondido en las ansias de quienes querían rizar el rizo de las perfecciones humanas.
Tenemos necesidad de recordar siempre que Dios es padre, su omnipotencia no es arbitraria sino providencia. Él no crea nada de forma fría y distante sino que engendra vida y vida de hijos. Dios ama la vida y ninguno de nosotros es un error. Dios te quiere profundamente, no se ha equivocado contigo. Y tenemos necesidad de mirar a nuestro Señor Jesucristo que es un esposo enamorado que lo deja todo por ti. Que te ama incluso cuando tú lo estás clavando a la cruz. Esta intuición auténtica del Padre y del Hijo es la obra del Espíritu Santo en nosotros.
La Iglesia puede proclamar hoy la Santísima Trinidad porque ha tenido una experiencia profunda de Dios. No es un conocimiento intelectual ni una deducción filosófica. No, en absoluto. Es una experiencia que el Espíritu Santo sella en todos nosotros. Es el misterio enorme del amor de Dios.
¿Entonces? La respuesta es bien simple: ahora toca vivir la vida de Dios, o lo que es lo mismo, ahora toca amar. Sí, amar a Dios y amar al otro. Amar a Dios amando al otro. Amar al otro amando a Dios. Misterio insondable al que hemos sido llevados por la gracia del Espíritu que hemos recibido y sin el cual nada es posible. Porque en poder amar se juega la felicidad de nuestra vida, que no ha venido el Señor a condenarnos sino a que el mundo se salve por Él.
Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola