PENTECOSTÉS

”Recibid el Espíritu Santo.”

Llega el Señor resucitado trayendo el Espíritu Santo, y lo hace cuando los discípulos están muertos de miedo, a puerta cerrada. Y mira que es curioso cómo se presenta el Señor, con qué dulzura, sin reproche alguno. Mira que podía haberles dicho: sois un desastre, me dejasteis solo en la cruz cuando más os necesitaba, me traicionasteis y me abandonasteis, pero recibid el Espíritu Santo. Y con Él, la Paz y la misión.

Es curioso que cuando el Espíritu Santo llega a nosotros no nos hace perfectísimos, ni valientísimos, ni súper hombres, ni resueltísimos, ni habilísimos, no. El Espíritu Santo nos da testimonio del perdón, de un amor que no lleva cuentas de nuestro mal, que no tiene miedo de nuestras miserias, de nuestras debilidades, de nuestra pobreza. No tiene miedo de meter las manos en nuestro barro y de rehacernos de nuevo.

Y no es un perdón al modo humano, que perdona pero nunca olvida. No. Es un perdón que construye lo que nosotros hemos derribado, que lo hace todo nuevo al modo de Dios. Por eso decían los que veían a Jesús tantas veces: ¿quién puede perdonar pecados sino solo Dios?

Hacerlo todo nuevo, regenerar, dar vida. Por eso la imagen del aliento exhalado, el mismo que Dios exhaló sobre aquel barro de Adán al que llenó de vida. La vida nueva, la que viene del cielo con este aliento nuevo y resucitado ya no es la que recibió el primer hombre, preciosa claro que sí, porque llevaba en sí la imagen y semejanza de Dios. La vida nueva, la que viene del cielo, te regala ahora la posibilidad de dar vida a los otros, de perdonar, de amar al estilo de Cristo.

Por eso viene el Señor para darte el Espíritu Santo. Porque a lo mejoras tirado la toalla o te has cansado de amar. Él riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, doma al espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Él sabe del poder que tiene el pecado y por eso viene a ayudarte, es consuelo para el triste, maestro interior del alma. ¡Bendita secuencia de Pentecostés que se proclamará en la misa del día!

Que el Señor nos conceda a todos celebrar este Pentecostés según la novedad que solo puede surgir desde su amor. Que Él nos conceda realmente ser signo de perdón, signo de su misma misericordia en cada acto de nuestra propia vida.

Patxi Silanes Susaeta
Párroco de San Ignacio de Loyola